No hay excusas para
hacer a los animales sufrir por «diversión». Circos, zoos, delfinarios y
acuarios los condenan a una vida de sufrimiento en busca del lucro privado.
Elefantes, delfines, monos, orcas, tigres o peces manta, entre muchos otros,
recorren a diario decenas y decenas de kilómetros en libertad. Sin embargo, en
los tanques y jaulas de la industria sufren la soledad y el cautiverio. En
algunos de estos casos, además, después de haber sufrido un duro entrenamiento.
En el argot de
adiestradores y domadores se le llama «romper el alma». Consiste exactamente en
eso: hacer sufrir a un animal a través del castigo físico para despojarle de
todo instinto natural. Para que sienta temor hacia el hombre. No es natural que un grupo
de elefantas se apile para buscar el aplauso. Ni que un león atraviese un aro de
fuego para sorprender al público. Ni que un delfín baile en el agua con una
persona. Muchos países ya prohíben los circos, los delfinarios, los zoos o los
acuarios. España lo permite todo e ignora el maltrato animal que subyace en
estas actividades. Una vez más, se normaliza la violencia. La mayoría de estos
crueles negocios está, además, dirigido principalmente al público más joven.
Otro mal ejemplo.

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