En el mapa de España
se pueden recorrer todas las provincias dibujando una línea que vaya uniendo
festejos populares basados en el maltrato animal. Caballos que cruzan hogueras,
toros con los cuernos prendidos en fuego, gansos descabezados, ratas que se
arrojan entre los vecinos, toros estresados y aterrorizados atados a una soga o
lanzados al mar o gatas precipitadas desde balcones. Nuestra sociedad
no puede seguir consintiendo este tipo de violencia que, además, se inculca
desde la infancia. Normalizar dentro de una fiesta el sufrimiento de
otro ser, que siente y evidencia dolor, no es una herramienta educativa. No
ayuda a sembrar una ciudadanía mejor y más sensible para el futuro.
Algunos municipios,
conscientes de ello, ya han prohibido este tipo de eventos. Otros se han visto
obligados por la presión social. El caso más conocido es el torneo del Toro de
la Vega. El Partido Animalista realizó una campaña política, mediática y legal
sin precedentes. Consiguió que el Tribunal Superior de Justicia
castellanoleonés le diera la razón sobre irregularidades en la autorización del
torneo. Reunió durante años, primero en Tordesillas y después en Madrid, a
decenas de miles de personas. Y finalmente se prohibió el torneo.
Esto es una prueba de que
el trabajo político animalista y la fuerza de las personas empáticas y
sensibles con el maltrato animal mueven a la sociedad hacia cambios positivos
por los derechos de los animales. Aunque aún queda un largo camino.

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